domingo, 28 de octubre de 2012

LORCA, UNA VOZ UNIVERSAL





Se dice que en 1984, en los buzones de doscientos cincuenta granadinos apareció un librillo de once sonetos llamados "Del amor oscuro" firmados por Federico. Constituyen la obra cumbre del poeta, como afirmaba su amigo Vicente Aleixandre, que los había oído recitar de boca del propio poeta: "Si esa obra no se ha perdido; si, para honor de la poesía española y deleite de las generaciones hasta la consumación de la lengua, se conservan en alguna parte los originales..." Afortunadamente estos magníficos sonetos de amor están hoy al alcance de los lectores.
Pero desde una época oscura en la que la obra de Federico aún no había sido editada en España -y los que estudiábamos Bachillerato en los años 50 no conocíamos del poeta más que alguna cancioncilla- hasta hoy, su poesía y la imagen de su persona han pasado por múltiples avatares: por una parte, junto a Cervantes, ha sido el escritor español más conocido en todos los países del mundo y estudiado en las universidades de Europa, de América y aun de China. Pero por otra, ha sido el poeta más imitado en coplas ramplonas, en metáforas que chirrían y producen dentera. Pero en él no se encuentra nada de folclorismo barato: el "Romancero gitano" está compuesto por versos cultos que, con mente lúcida, va descubriendo "la pena" de todo un pueblo "que se filtra por el tuétano de los huesos", un pueblo perseguido y marginado desde 1492. ¿Quién puede superar "en la lucha daba saltos/ jabonados de delfín"? ¿Quién "La aurora de Nueva York tiene/ cuatro columnas de cieno/ y un huracán de negras palomas/ que chapotean las aguas podridas"? ¿Quién "Que no se acabe nunca la madeja/ del te quiero me quieres, siempre ardida/ con decrépito sol y luna vieja"?
Hoy día Federico es utilizado por tirios y troyanos: tanto el Presidente de la Diputación de Granada, Sebastián Pérez, el cual, cínicamente, preside los homenajes al poeta, como un empresario sin escrúpulos que a su sala de fiestas de Alfacar le dio el macabro nombre de "La ruta de Lorca", y para qué hablar de los que lo enarbolan como bandera de lo andaluz, "lo nuestro".
El mismo Federico confesaba, en contra de los que quieren apropiárselo: "Yo soy hermano de todos...El chino bueno está más cerca de mí que el español malo. Canto a España y la siento hasta la medula; pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos. Desde luego no creo en la frontera política".
En fin, Lorca es un poeta que nació en Andalucía y que escribió, con técnica y con esfuerzo, una poesía para todos y en "todos" se puede incluir a cualquier persona de cualquier hemisferio, de cualquier continente, que sienta como él, que como él pueda morir "por el mismo pan, la misma libertad, la misma nostalgia" como dejó dicho otro poeta universal, nacido en Turquía, Nazim Hikmet.

viernes, 26 de octubre de 2012

EL CHARLATÁN


Cuando se da clase a los adolescentes y jóvenes de Enseñanza Media, hay momentos que yo llamaría “mágicos”. Uno de ellos se produjo  en la clase de Humanidades (Lengua y Literatura y Geografía e Historia) que les daba a un grupo de unos 15 alumnos de “Diversificación curricular” lo que quiere decir: chicas y chicos que, aunque no tenían el nivel requerido para su edad, sí tenían interés por estudiar. Un día, a partir de la explicación de la palabra ‘simposio’ y ‘peripatético’, les conté cómo Sócrates había elaborado oralmente todo un sistema filosófico y les pregunté cuál sería la causa de que  este filósofo no hubiera dejado ni una línea escrita.
 Las explicaciones fueron muy ingeniosas:
·        Porque era un flojo.
·        Porque era manco.
·        Porque no sabía escribir.
·        Porque era ciego.
·        Porque no tenía lápiz.
·        Porque tenía un negro (en el argot literario).
·        No le interesaba escribir porque sus discípulos aprendían sus enseñanzas y no le hacía falta escribirlas.
Parece que las dos últimas son las explicaciones que más se acercan a la realidad, porque desde luego tuvo Sócrates un negro insigne que fue Platón. Y, por otra parte, la explicación que daba el filósofo, que sólo sabía que no sabía nada, era que con la escritura se ponía en peligro la memoria y pensaba, por tanto, que escribir supondría un atraso. A este respecto, le da importancia a lo que él llama en el “Fedro” la charlatanería:
Fedro.- ¿Cómo y de dónde se podría uno procurar el arte del que en realidad es orador elocuente y persuasivo?
Sócrates.- Todas las artes importantes necesitan como aditamento el charlatenear.
Sócrates, con esta afirmación, hace así un guiño a las burlas que le dedicaban de ser sólo un charlatán.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

EL PRIMER MÍTIN



Desde un pueblo de la campiña cordobesa, unos días antes de las primeras elecciones del 15 de junio de 1977, varios autobuses con militantes del PCE salían para Córdoba para asistir al mítin de cierre de campaña. Todas las experiencias de aquella época, mezcla de esperanza, ilusión y miedo, me vienen a la memoria al conocer el fallecimiento de Santiago Carrillo, a los 97 años. En aquel mítin hablaron Carrillo, Ignacio Gallego y Julio Anguita, entre otros oradores.
Por el concepto “Las fuerzas del trabajo y de la cultura” acuñado por Carrillo en un libro de 1967, publicado en Praga, a mí me eligieron los camaradas responsable de las mujeres del pueblo. Tuve que estudiar mucho; pero un grupo de mujeres mayores me enseñaron mucho más a mí que yo a ellas, que habían vivido los avances de la II República y los horrores de la Guerra Civil y eran mujeres ilustradas, que guardaban en lugares inaccesibles de sus casas los libros prohibido en la Dictadura, recuerdo sobre todo a tres Dolores, que eran mujeres con un gran poderío y varios hijos y nietos. Mi labor, aparte de leer con ellas y comentar el “Manifiesto comunista”, consistía en “apagar fuegos”: durante el camino hacia Córdoba, ellas iban cantando canciones revolucionarias muy hermosas, como las que comienzan:

En España las flores que nacen en abril
no nacen de alegría, sí de dolores, sí
de tres años de tiros, de tres años sin mí
que resistió su pueblo solo contra el fusil…

El Ejército de Ebro
rumba la rumba, la rumba la
una noche el río pasó
Ay, Carmela, Ay, Carmela…

O  “La joven Guardia”, una de cuyas estrofas dice:
Somos los hijos de Lenin,
y a vuestro régimen feroz
el comunismo ha de vencer
con el martillo y con la hoz…

Y la cantaban pronunciando “Linín”  y “joz”. Pero algunas de esas canciones no encajaban con el “Eurocomunismo” y yo les recomendaba que no era momento aún para cantarlas. Entonces una de las Dolores me contó esta historia: -Mira, Marivitoria, ¿tú sabes lo que es no poder hablar en libertad, no poder reunirse y ni siquiera poder cantar? Pues yo a mis hijos, desde que nacían, les cantaba en vez de nanas los cantos prohibidos, en voz muy baja para que nadie pudiera oírme. Pero un día a mi hijo Juan, que ya hablaba y cantaba muy bien, le oí cantar a la puerta de la casa una de las canciones que yo le había cantado para dormirlo, salí y le pegué dos guantadas para que jamás volviera a cantar nada de aquello. Desde entonces, ¿tú sabes la desgracia que era no poder cantar ni tan siquiera dentro de mi casa aquellas canciones que tanto me gustaban? Se me ponía el vello de punta de pensar que nos metieran a todos en la cárcel, si alguno de mis niños cantaba algo prohibido. Así que desde que ellos aprendieron a hablar, yo, muda. Es como lo que dice esa canción que ahora se oye tanto: “No nos dejan cantar, canario mío,/ no nos dejan cantar nuestras canciones...” que, por lo visto, es una poesía de un poeta comunista, tiene un nombre raro ¿Cómo se llama? -¡Ah!, sí, un poeta turco, Nazim Hikmet “...mi canario con alas de águila...”
Y cantando todos los del autobús, a voz en grito, la canción del grupo “Aguaviva” llegamos a Córdoba para asistir al que, para los más jóvenes, iba a ser el primer mitin de nuestras vidas.



miércoles, 15 de agosto de 2012

LA ERÓTICA DEL TOMATE


Según me cuentan mis informantes, el pasado verano y éste, las cosechas de tomate en las vegas del sur han sido espectaculares. Han crecido tomates que han llegado a pesar ochocientos gramos a los que se les da el nombre de “huevos de toro”. Un amigo les ha aplicado incluso el adjetivo de afrodisíacos a los tomates que ha saboreado. He asistido a conversaciones monográficas sobre este bello fruto en las terrazas de verano, donde lo primero que se ofrece es un gran plato de tomate “aliñao”. Yo tengo que pedir, clandestinamente, en la cocina una ensalada verde, y los compañeros de mesa me miran como a persona extraña, casi a-social, porque no comparto el sagrado manjar.
No se trata de que a mí no me guste el tomate, es que me da náuseas, incluso su aroma; y ya sé que hay muy pocas personas -sólo conozco a tres o cuatro- a las que le produce el mismo rechazo que a mí. Y todo este entusiasmo por el tomate que muestra  la gente que me rodea me es  indiferente, pero hay veces  que me irrita; porque lo malo es aguantar, desde mi más tierna infancia, los reproches y consejos del personal, en frases como: “es que no habrás probado los que tienen buen sabor”, “pruébalo untado en una tostada con jamón y verás qué delicia”...Y, ¡hala!, aun peor son las explicaciones continuas que debo exponer ante los comensales. Mi familia cree que tengo mal fario para aliñar las ensaladas de tomate -dicen que no saben bien- y me liberan de hacerlas. Mi hija, cuando era adolescente, decía que las ensaladas que yo me preparaba eran “cubistas”, aunque ahora las comparte conmigo.
Pero todo esto es “pecata minuta”, teniendo en cuenta que hay tanta gente que disfruta de una hortaliza barata, que es la base de infinidad de platos mediterráneos y que ha consolado tantas hambres. Me contaban en un pueblo de la campiña cordobesa que la comida de las cuadrillas que iban a coger aceitunas, en la triste época del hambre de la posguerra, consistía en “una macetilla”, donde picaban tomate bañado con aceite. Se sentaban todos en el suelo y lo comían mojando trozos de pan pinchados con una navaja.

sábado, 4 de agosto de 2012

LA ESTELA DE SHEREZADE (II)

En la entrada anterior me he referido a las mujeres como las principales transmisoras de la tradición popular así como de la historia de la familia, pero, para hacer justicia, he de afirmar que los hombres de la mía: tanto abuelos, padre y algunos tíos han sido grandes contadores de historias. Si las mujeres solían contar alrededor de la mesa camilla, en la ciudad, o en la puerta de la casa, sentadas en sillas de enea, mientras cosían, en los pueblos, mi abuelo, pastor de la Tierra de Campos, hablaba mientras nos llevaba a los nietos en un carro tirado por el burro Campano y mi abuelo de la ciudad, marino, en las largas caminatas por las “corredoiras” de los montes gallegos nos contaba del mar y de lugares lejanos. Ambos también relataban historias de la familia y nos instruían en multitud de nociones sobre el campo y, en las noches de agosto, sobre las estrellas.
Entre las mujeres, las historias que más se prodigaban en las reuniones familiares -cuando yo ya había pasado la primera infancia- eran las de la Guerra Civil, tan cercana. Pueden parecer muy llamativos los testimonios de algunas mujeres que aseguraban que lo habían pasado bien en la guerra; -teniendo en cuenta que no se produjo ninguna desgracia-. Mi madre contaba que, cuando pasaba un avión sobrevolando la ciudad, los falangistas sacaban sus pistolas y, para hacer más gráfico el relato decía: “...y se dedicaban a tirar tiritos al aire: ¡pin!, ¡pin!, ¡pin!, me daba mucha risa verlos”. Contaba que iba en grupo con  muchachas a los hospitales a acompañar y consolar a los heridos, a leerles y escribirles las cartas y, además de pasarse en la calle mucho más tiempo que en circunstancias normales, afirmaba que nunca después habrían de estar rodeadas de tantos hombres atentos, más o menos guapos y agradecidos. Las relaciones con los soldados también se producían por carta, ellas hacían de “madrinas de guerra”. De contactos por este medio, entre madrinas y ahijados, derivaron muchas relaciones sentimentales más o menos duraderas.

1937
En el mismo sentido, se encuentra en dos ocasiones en la novela “Cinco horas con Mario” una confesión que hace la protagonista, Carmen Sotillo; dice así: ...yo lo pasé divinamente en la guerra...con las manifestaciones y los chicos y todo manga por hombro... Y es que la guerra supuso una liberación para las jóvenes, sujetas generalmente a una férrea disciplina y horario en sus casas, porque se había trastocado el orden y las reglas de la vida diaria. Parece como si en aquellos días terribles se activara el mecanismo del carpe diem, ya que nadie podía estar seguro de que al día siguiente hubiera comida, ni siquiera si se iba a seguir con vida. Pero la libertad de salir y trabajar se les acabó a las mujeres españolas al terminar la guerra y el Fuero del Trabajo las devuelve al hogar y “las libera de la oficina y de la fábrica”.
A este respecto es significativa una escena de la película “Un día en Nueva York”, en la que sucede lo siguiente: un taxista lee el periódico dentro del vehículo.
 Sinatra: -¡Taxi, taxi!
Taxista: -Lo siento, hoy no hago más carreras. Voy a devolver el taxi. Llego tarde.
Sinatra: -Por favor, señor.
El taxista aparta el periódico: ¡sorpresa! se trata de una chica con una sonrisa deslumbrante.
Sinatra: -¡Eh!, es una chica. ¿Por qué está conduciendo un taxi? La guerra terminó.
Taxista: -Nunca dejo lo que me gusta.


domingo, 22 de julio de 2012

LA ESTELA DE SHEREZADE


-Pero ¿cómo aprende alguien a contar cuentos que complazcan a los reyes? -pregunté cuando mi madre acabó de contar la historia de Sherezade-. Mi madre musitó, como si hablara para sí, que para una mujer ése era el trabajo de toda una vida. La respuesta no me ayudó gran cosa, por supuesto; pero luego añadió que, por el momento, me bastaba con saber que mis posibilidades de ser feliz dependerían de mi habilidad con las palabras. (Escribe Fátima Mernissi en “Sueños en el umbral”).
Las mujeres, quizá hasta el siglo XX, han necesitado las palabras para conformar estrategias de dilación en la entrega amorosa y establecer pactos y treguas. De ahí que hayan sido las dueñas de la oralidad y se convirtieran en las principales transmisoras de cantos y cuentos, cuando no en verdaderas autoras de la primitiva lírica en la mayor parte de las culturas del mundo. Porque a pesar del confinamiento, las mujeres han ido estableciendo relaciones en el ámbito doméstico y en el vecinal, con trabajos como coser,  ir a las fuentes o a los lavaderos públicos, que les permitían ir tejiendo con la palabra sus propias experiencias de la vida cotidiana y de su condición de mujeres, sobre el cañamazo de la ideología dominante masculina.
Personalmente he tenido la suerte de disfrutar de mis dos abuelas, mi madre y mis tías, de las que oía muchas historias y canciones. Y cuando mi hermana pequeña y yo estábamos con una de mis abuelas y comenzaba la frase - “¿Sabéis qué?”, mi hermana siempre preguntaba con los ojos muy abiertos: -“Abuelita ¿esa es una historia o un cuento?” y recordamos todavía la dura “historia” -tantas veces repetida- de su amiga Herminia, que se enamoró de un muchacho veinte años más joven que ella, se casaron y cuando Herminia murió, él no pudo soportar  la pena y se suicidó.
Las personas de mi generación podemos recordar aún aquellas voces de nuestra infancia, en forma de romances y cuentos, de los que había algunos truculentos, nos asustaban personajes como el chupa-sangres o el destripador. De entre los romances, los que más recuerdo son los tristísimos, como el de “Las tres cautivas” o “Delgadina”, en versión moralizada para que a las niñas no  nos escandalizara  el incesto que  el  auténtico narraba. Recuerdo  que este romance, junto a aquello del catecismo del Padre  Astete: "Fue virgen antes del parto, en el parto y después del parto" fueron de los cuentos que más me pudieron inquietar en la niñez. Pero quizá el que más me atemorizó fue la Pasión de Cristo, me la leía alguien de la familia una Semana Santa, mientras estaba en la cama con unas anginas respetables, hasta que musité: “quiero dormir un rato”. Muchos años después, descubrí, en los versos de Antonio Machado, que no era la única a la que le desagradaba el crucificado:
¡Oh, no eres tú mi cantar,
no puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en la mar!



jueves, 12 de julio de 2012

LOS IDUS DE MARZO

                                              Cuadro de Jean-Léon Gerôme

“Yo me decía: No puede existir dedicación más hermosa que ésta. Una exaltación juvenil me trastornaba. Tenía que pasar mucho tiempo hasta que yo me diera cuenta de que lo que me daban los niños valía más que todo lo que ellos recibían de mí.” (Josefina Aldecoa, “Historia de una maestra”)
Hago mías estas palabras porque muchas veces, a los alumnos las explicaciones o expresiones de los profesores, les resultan tan insólitas, que sus reacciones son interesantes, curiosas e inteligentes. Por lo que he guardado una serie de trabajos de ellos y he apuntado algunas anécdotas muy significativas. La que me dispongo a contar data del 15 de marzo de1996 y fue la respuesta de ellos a una frase latina que solté en clase de Literatura, como diría mi profesor de Paleografía, D. Eladio Lapresa, cuando estábamos leyendo un documento del XV, por ejemplo, y nos atrancábamos en una palabra, él ya nos advertía con su acento granadino: es que es un latinajo. (Las palabras en cursiva son párrafos escritos por tres alumnos de 2º de B.U.P.):
Belinda redacta: Esta mañana ha llegado la profesora de Literatura y, como todos los viernes por la mañana, se ha retrasado. Nos dijo que separáramos las mesas, lógicamente, para hacer el examen de recuperación; nos ha dado un folio, cómo no, y ha empezado a contarnos una historia del romano César, pero no le hemos hecho ni caso, por lo menos yo, hasta que he visto que estaba poniendo mucho entusiasmo al contar la historia y le he preguntado si teníamos que copiar algo, ella me ha respondido, con voz picarona como siempre, que a lo mejor; y aquí estamos haciendo la redacción de cuando a César le pronosticaron los sabios (imagino yo que serían esos) que corría peligro en los idus de marzo. Y en ese mes, efectivamente, cuando estaba en la puerta del Senado, fue  apuñalado por un grupo de conjurados entre los que se encontraba su hijo adoptivo Bruto, por lo que César dijo (imagino que medio muerto no sé si por el susto o por las puñaladas): “¿Tu quoque,Brute, fili mi?”
Jacob cita la frase latina y escribe: ...El asombro es general, entre alguna u otra carcajada que se escapa y enseguida viene la historia de César. Pero la gente sigue en lo suyo: hablando o poniendo el nombre al examen...la gente no se ha enterado de nada, piensa que es otra de las muchas historias que cuenta diariamente, pero al pedir que la repita, la historia dice así:...y Jacob cuenta la muerte de César escuetamente y muy bien.
 Damián es el que explica qué tenía que ver el examen de recuperación con la historia de los idus de marzo:...César se dio cuenta de que uno de los que lo estaban apuñalando era su propio hijo, llamado Bruto, entonces César exclamó: “¿Tu quoque, Brute, fili mi?”, que en castellano quiere decir: “¿Tú también, Bruto, hijo mío?”. Toda esta historia viene a que, cuando la profesora repartía los folios, le dijo a Sergio: “¿Tu quoque, fili mi?” refiriéndose a que Sergio como estudia mucha Literatura y es un chico aplicado, Mª Victoria no entendía cómo podía estar en el examen de recuperación. Ellos no citan la coincidencia de que esa historia la estaba contando  precisamente el 15 de marzo, los idus en Roma, y que por aquellos días había visto un cartel con el anuncio “Los Idus de Marzo” en un teatro de la ciudad, aunque no puedo recordar qué obra era.
Por momentos como los relatados siento nostalgia de mis años en los  Institutos, porque cada día cuando la puerta del aula se cerraba y empezaba la clase, no existía nada más: los jóvenes, los libros, la pizarra, la palabra; más allá, el diluvio. Aunque, en aparente contradicción, a los profesores de Literatura nos gusta mucho la metáfora de Marshall Mac Luham que habla de un aula sin muros: el mundo entra en la clase, porque la literatura se equipara a la vida. Sucede algo similar a lo que se puede apreciar si lanzamos una  piedra al estanque: las ondas que produce se amplían y perturban las orillas, el fondo se arremolina, el estanque entero se ve afectado. Es así como un texto pone en funcionamiento el estanque de la memoria y avanza y todo el mundo cabe en el texto, es como si todo el mundo entrara por la ventana.

martes, 3 de julio de 2012

LAS MADRES TERRIBLES (II)

Hablaba en el capítulo anterior de una escala de madres malvadas en la que no incluí el grupo de aquellas que, en épocas pasadas, en las que no había posibilidad de control de la natalidad, hacían dejación o delegación de sus responsabilidades en las primogénitas. Una tradición novelada por Laura Esquivel en su obra “Como agua para chocolate”, aunque en este caso es la hermana menor, Tita, la que tiene prohibido por su madre casarse, para que sea ella la que la cuide cuando mamá Elena sea mayor.
Mi amiga Lola, la mayor de seis hermanos, sufrió otras privaciones: no recuerda ni una mañana de su vida en casa de sus padres en la que hubiera visto levantada a su madre; era Lola la que los despertaba, arreglaba, les daba el desayuno y los llevaba al colegio; y la obligaba a otros trabajos de la casa, tratándola como a una criada. Por lo que en los planes de la madre no entraba que su hija mayor estudiara y se lo prohibió;  pero, gracias al empeño y a la decisión de su padre, Lola logró estudiar una carrera, a costa de las horas de sueño, pero, incluso pasada la medianoche, la madre, desde la cama, le daba órdenes de calentar la cena y freír las croquetas para sus hermanos varones, los días que volvían de farra.
Lola no recuerda tampoco ni una sola muestra de cariño o de agradecimiento por parte de la madre, aunque, inexplicablemente, le gustaba comentar a las vecinas lo buena que era su hija. El padre compensaba este vacío con extremada ternura y dedicación y le hacía pequeños regalos, advirtiéndole que no se enterara la madre, porque ésta sentía celos de su hija. Todavía conserva la pluma Waterman que su padre le regaló al terminar el bachillerato. Cuando su madre, ya viuda, fue ingresada en una residencia, sus hermanos se desentendieron y la única hija que la atendió hasta su muerte fue Lola, la malquerida, que iba todos los días a darle la comida y la llevaba a su casa los días de fiesta. Fue por entonces, cuando la hija, de vez en cuando, pudo al fin recibir de la madre algunas palabras de afecto.

lunes, 14 de mayo de 2012

“LAS MADRES TERRIBLES”



Hay ramos “solidarios” para regalar el “Día de la Madre”, hay lemas como “Grandes te quiero en frascos pequeños”, o “Madre sólo hay una ¡díselo con flores!”, hay  cocineros radiofónicos que proclaman la bondad de las madres como dietistas, hay, en fin, una propaganda empalagosa y meliflua, difícil de resistir; aunque lo más molesto puede que sea la avalancha de mensajitos, vía email, sobre la intrínseca abnegación de las madres y lo estupendas que somos todas; incluso llega a la bandeja de entrada una retahíla de virtudes maternas, redactadas, supuestamente en verso, por una adalida, en forma de cadena, como las que mandábamos las niñas en pleno nacional-catolicismo,  para conseguir no sé qué bienes espirituales; aquellas se escribían a mano y se mandaban por correo normal, ahora éstas son laicas: “Por favor envía esto a cinco mujeres fenomenales. Si lo haces, algo bueno pasará: le subirá la moral a otra mujer... ”.
Hasta aquí el teatro -“La vida es puro teatro”- la realidad es que hay madres terribles: absorbentes, fagocitadoras, desnaturalizadas y otras no tan malas, las que no tienen vocación.
No sé en qué grado de la escala de maldad estaría la bisabuela Antonia. Cuando nació la primera de sus hijos, mi abuela, las vecinas acudieron a ver a la niña, como hacían siempre en el barrio de Caranza, y le llevaban a la parturienta los habituales presentes, chocolate recién hecho y espeso, un caldo de gallina o unos bizcochos. Pero en el caso de aquella niña recién nacida, se llenó la casa, y la entrada de las hortensias, de gente, porque la que hacía de comadrona había anunciado que la niña era la más bonita que había ayudado a traer al mundo. A los pocos días llegó el abuelo paterno y, para celebrar la belleza de la criatura, le comentó a su nuera: “É tan bonita a meniña, que si eu poidera ma levaba a miña casa”; la madre no se lo pensó dos veces y le dio al abuelo la niña para siempre, con estas palabras: “E, señor, se lle gusta, levellela”. Y el abuelo y su tercera mujer, que no era la abuela de la niña, la bautizaron y prohijaron.
Si es que existe en las hembras humanas el “instinto maternal”, y parece que lo corroboran afirmaciones como yo-por-Andreíta-mato, la bisabuela Antonia estaba desprovista de él, no tenía el menor interés en ocuparse de los hijos ni del marido, ya que dos de sus tres hijos varones, apenas adolescentes, se embarcaron para América; y pudo desentenderse de su marido en cuanto su hija se casó y se ocupó de su padre. Dada el ansia de libertad de la bisabuela Antonia, cuando se quedó viuda, vivía sola y no aceptaba bien las constantes visitas de sus nietas, a las que su hija enviaba -ella sí, dotada de “instinto filial”- preocupada por la salud de su madre desnaturalizada. Cuando ya la bisabuela no podía valerse por sí misma, la hija se la llevó a su casa  y la cuidó durante varios años.  
Esta oscura historia de la familia la he contado en varias ocasiones a los amigos, inspirada quizá por  mi querido Mark Twain, destructor de tópicos en su autobiografía. Hace unos años conocí a un primo mío mejicano, al que le conté la historia de nuestra bisabuela común Antonia, se interesó mucho porque él no la conocía y su mujer, mejicana descendiente de alemanes, comentó: “No sé qué historia de familia es más dura la tuya o la mía: mi tío abuelo Günter fue juzgado en Nuremberg”.

martes, 1 de noviembre de 2011

¿LAS MUJERES QUE LEEN SON PELIGROSAS?

Criada leyendo, 1668/1670
Pieter Janssens Elinga (Alta Pinacoteca, Munich)

Hace 80 años, una mujer de La Rambla (Córdoba) se apuntó en una cuadrilla de recogedoras de aceituna y se convirtió enseguida en la compañera imprescindible para las otras mujeres, porque durante la comida, mientras todas se sentaban en el suelo para comer, alrededor de la "macetilla" con aceite, en donde mojaban trozos de pan pinchados en una navaja, ella siempre tenía un periódico o un libro que sacaba de su delantal y les leía a las demás. Pero le duró poco el trabajo, porque un día en el que el señorito se daba una vuelta por el olivar para inspeccionar el trabajo de las jornaleras, dio la orden al manijero de que al día siguiente no apareciera por su cortijo la mujer que leía. Tampoco los hombres vareadores que entretenían e informaban leyendo a los demás se libraban del despido. Pocos años más tarde, en 1936, fueron muchos hombres y mujeres los que cayeron fusilados en las afueras del pueblo por motivos parecidos a éste.
Hoy, ocho décadas después, en Granada, la única empleada de una sucursal de tintorería, además de atender al público con eficiencia y amabilidad, realiza múltiples tareas a lo largo del día: limpia el recinto -que tiene incluso una pared de espejo y ha de estar impoluta-, plancha toda la ropa que le llega de las máquinas de limpieza de la central y que tiene que entregar: desde trajes de caballero hasta de novia y de gitana. Ella estudió administrativa contable y le gusta repasar lo que aprendió y ahora, a sus 25 años, ha decidido ir preparándose una oposición, pero le está vedado leer en el trabajo,  aun en los momentos en los que no tiene nada qué hacer y no entra público, porque el jefe no se lo permite, sólo puede hojear revistas del corazón y no tiene ni una silla ni un taburete donde sentarse. En una ocasión en que el jefe le vio un libro y una carpeta debajo del mostrador, le dejó muy claro que no estaba allí para vaguear, y la amenazó con el  despido.
La peluquera de la esquina trabaja en una franquicia de peluquería, conoce bien su oficio, es educada, risueña y afable; le gusta mucho leer novelas como la saga “Crepúsculo” y las novelas románticas de la serie "Highlanders", de Janet Chapman, Sonia Marmen o Karen Marie Moning, pero no soporta las revistas rosas que tiene delante. Los días en los que apenas llegan clientes, ella está mano sobre mano, porque las leyes de los dueños de la cadena de peluquerías le prohíben leer un libro; en la primera ocasión en que el jefe la vio leyendo, le dijo que lo que debía leer eran las revistas de "cortes" (de pelo, se entiende) y, en castigo, la trasladó a una peluquería del área metropolitana, por lo que tiene que tomar dos o tres autobuses para llegar al trabajo.