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Quintana dos mortos |
En Granada hay una majestuosa escalinata de mármol blanco, dentro del edificio del Instituto Padre Suárez, en la Gran Vía. Durante los recreos, en las horas libres o en los intervalos entre clases, aparece inundada de jóvenes que charlan y ríen, se conocen en ellas, se miran y se enamoran, comen chucherías en silencio, o repasan sus apuntes. Bajan o suben unas y otros serpenteando entre los escasos espacios libres. Cuando toca el timbre de entrada a clase, indefectiblemente a alguno se le cae la carpeta y los apuntes ruedan escalera abajo y unos ojos desesperados miran los folios dispersos. A veces, los jóvenes estudiantes conforman un curioso happening en las escaleras, que puede llegar a ser fascinante, como el de aquel día en que ya se iba a cerrar el Instituto por las vacaciones del Corpus a las 11 de la mañana -la Tarasca en la calle- y ellos, cientos de adolescentes, no se movían de su pacífica sentada, el murmullo era comparable al del Campo de Venecia, se negaban a irse, sentían la fiesta allí y no les importaba la de la calle.
En escaleras, en calles y plazas, los jóvenes se dedican al oficio enriquecedor de la conversación. La conversación como dulce placer, de la que también disfrutaron -lo contó Homero-, Penélope y Ulises, tras dieciocho años de separación, en la íntima y dilatada soledad de Ítaca.